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ANA Y EMILIA
   

Ana tiene diez años.
Ana baila

Parada en el escenario con la pollera blanca, la espalda recta, la mirada bien arriba, una mano en la cintura, espía un poquito las dos mil personas que vinieron a la inauguración del Festival de Folklore.
Los músculos tensos. El silencio antes de la primera zamba.
El oído atento, Ana.

Ana ya sabe que cuando arranquen los bombos sus pies van a querer salir.
Ya siente el cosquilleo en los tobillos.
Respira profundo, pañuelo en mano.
Unos metros más allá su mamá la mira esperar, y las dos esperan que los bombos atropellen y abran la noche.
Ana y su mamá bailan en la primera luna del primer día del Festival de Folklore en una noche estrellada.
Y al grito de ¡¡¡Adentro!!!.
Zamba.

Giro, paso, pollera, sonrisa, zamba.
Guitarras, palmas, alegría, zamba.
Música, Ana baila.
¡Y ahí arrancó el estribillo y la gente canta!
Y la zamba sube, sube, y la gente canta.
Es una canción vieja salida de una guitarra de Salta, acariciada de peñas y aprendida en las escuelas.
La gente canta al amor de una morocha paisana de trenzas largas.
Y mil ojos acarician a Ana cuando pasa pañuelo en mano, pollera blanca.

Emilia tiene diez años.
Emilia hace pan.
Desde chiquita todos los diciembres de vacaciones en San Luis en lo del tío Pascual.
Los juegos del verano con los primos y la magia en la panadería del tío aprendiendo el idioma del pan.
Harina, agua, sal, amasar y amasar.
Cuatro años y amasar.
     Cinco años y amasar.
          Seis años y amasar.
Diez veranos con el tío Pascual en San Luis amasando de madrugada para hacer el pan, las facturas, la pastafrola, manos blancas, horno, y el sol que recién se levanta.
Y a la mañana ayudar en el negocio y la gente que se lo lleva, que lo huele, harinoso y crujiente.
Emilia en la caja recibe billetes y monedas en la panadería del tío por diez veranos en San Luis.
Y cuando extraña los aromas, en su casa de Buenos Aires; hace pan.
Para su mamá, para su hermana, para ella.
Cuando camina por el barrio, las vidrieras de las panaderías le ponen una sonrisa en la cara.
Y a veces sueña sueños en los que tiene las manos blancas.
¿Los sueños tienen olor?
¿Los sueños tienen sabor?

Ana y Emilia son buenas amigas en la escuela.
Charlas, tardes juntas, y esa melodía de risas y meriendas.

Este año la maestra parece enojada, y un poco triste.
Es una Graciela de pelo negro y anteojos finos.
Usa polleras largas y se abriga con guantes y bufandas.
En la clase grita a veces, es por los varones que son muy ruidosos.
Y por Sarita que siempre que puede la hace renegar.
La seño empieza suave y pide silencio que la matemática, silencio que la época colonial, silencio que los planetas y el sol.
Pero los varones y Sarita solo bajan hasta el murmullo, y como son muchos el murmullo es fuerte.
La seño Graciela cierra los ojos y levanta las cejas.
¿En que piensa cuando lo hace?¿Está con nosotros o adonde viaja?.
Y cuando vuelve grita, bastante enojada.

A Ana y a Emilia les gustaría verla sonreir más.
Hablando de eso, el otro día, pensaban que bien le vendría a la seño Graciela bailar un poco y hacer algo de pan.

 
Lucio Vischñevsky
 
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No se autoriza su reproducción con fines comerciales en
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Este cuento está en el LIBRO 1