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ESTRATEGIA
   

Sentados en el bar como todos los jueves después del entrenamiento apurábamos una cerveza cuando Miguel, que es como una chusma de barrio, nos contó el secreto de nuestro mejor delantero, Maidana.
Un correntino rápido y grandote que había hecho unos cuantos goles y en el que depositábamos toda nuestra esperanza de salvarnos de bajar de categoría.
Y no podíamos parar de reírnos.
-¿Che, es verdad lo que me contás?
-¡En serio! Maidana es un pollerudo. Sí la Juana no le da bola se deprime y se pone triste.
-¡Pero ese tipo es un tarado!.
-Yo no sé pero los dos partidos donde parecía un toro me contó que estaba así porque la Juana le había prometido… cosas.
-¿Qué cosas?, dale contá.
-No se,… cosas.
Llorábamos de la risa.
Le conté a Albarracín y dijo que iba a hablar con Juana para que no lo seque al salame ese y lo deje en paz para el partido del sábado.
A ver sí perdemos y nos vamos al descenso.

Albarracín era un técnico tradicional, corto, seco, con pocas mañas, pero le gustaba planear los partidos.
Creía que una buena estrategia podía convertir a troncos como nosotros en un equipo pasable.
El jueves fue a la casa de Juana a hablarle.
-¿Es verdad lo que escuché, Juana, que usted a veces le hace promesas a Maidana antes de los partidos?
-Como cualquier novia, señor, como cualquier novia.
-Pero dicen los muchachos que el chico está muy pendiente de usted, que si no lo tiene en cuenta se entristece, ¿que le promete m´hija?
-…cosas, dijo Juana bajando la vista.
-Bueno, no importa. Le voy a pedir un favor, para este sábado que nos jugamos el descenso quedesé tranquila y no lo moleste. Lo quiero entero y pensando solamente en el partido.
Después haga lo que quiera.
Albarracín se fue seguro de sí mismo, seguro de sus ideas, y seguro de que Juana cumpliría.

El sábado fue una tarde negra.
Al partido le faltaban diez minutos, estábamos 1 a 1 y no podíamos cruzar la mitad de la cancha.
Le eché una mirada a la tribuna y las caras de tristeza de la gente ya me hacían oler el desastre. En diez minutos nos ibamos a ir al descenso.
Albarracín caminaba como un tigre enjaulado de acá para allá.
Ya no le quedaban más estrategias, había hecho todos los cambios y el empate pesaba como la lápida de un muerto.
De repente, Albarracín giró de espaldas a la cancha y corrió derecho a la tribuna.
Yo pensé que se había vuelto loco.
Se frenó en seco, puso las dos manos para hacer bocina y apuntando al medio de la hinchada lo escuchamos gritar desesperado:
-¡Prometalé, Juana! ¡Prometalé!

Ganamos 3 a 1.



Lucio Vischñevsky
 
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Este cuento está en el LIBRO 1